Dejo que las notas que salen del altavoz de mi ordenador de sobremesa se adentren en mi cuerpo, vibrando, deseosas de llegar hasta mi corazón, hasta mi alma. Y yo las dejo porque hace casi dos años que permanezco aletargada. Perdida. Sin rumbo.
No sé qué clase de maravilla es esta, pero la abrazo con todo mi ser; como si quisiera mantenerla conmigo, atrapada.
No quiero que se vaya.
No dejaré que se desvanezca. No puedo. No debo.
Nunca debí dejarlo escapar. No debí separarme de él. Ese cosquilleo tan fantástico y delicioso que se concentra en mi estómago y vuela hasta mis dedos.
Vuelvo.
Aunque nunca me fui realmente 😉
